Los años en que papá borracho golpeaba la puerta, aprendí a no llorar

Un hijo adulto relata la experiencia de la dependencia alcohólica prolongada de su padre, la violencia doméstica, las sombras de su infancia y su propio trastorno de pánico desencadenado por la agitación emocional. Desde la impotencia hasta aprender a protegerse a sí mismo, hasta que finalmente su padre moderó su comportamiento. Presenta de manera realista el impacto intergeneracional de una familia con adicción al alcohol y el difícil crecimiento de los hijos.

Los años en que papá borracho golpeaba la puerta, aprendí a no llorar

Este es un relato de experiencias que ha sido desidentificado, sometido a evaluación de riesgos y revisado lingüísticamente; no se conservan en el texto la identidad, la región ni detalles identificables del autor original.

Desde que nací hasta ahora, nunca ha habido un momento en que estuviera sobrio

Mi padre tiene 52 años y tiene dependencia del alcohol. Desde que tengo memoria, casi nunca ha estado sobrio. Incluso sin beber, está aturdido, sentado todo el día frente al ordenador jugando, o saliendo a jugar al mahjong. Bebe, pero su tolerancia al alcohol es pésima; cada vez que se emborracha, grita a voz en cuello y tira cosas. Hubo un tiempo en que volvía borracho a casa a altas horas de la madrugada y se peleaba y discutía con mi madre; en otra época, gritaba fuera de la puerta de casa, insultaba a mi madre con groserías y golpeaba la puerta. Casi todas las puertas de la casa las ha pateado hasta romperlas; las arreglaban y volvía a patearlas.

Cuando se emborrachaba, se rompió el puente de la nariz, se lastimó la cara, destrozó su teléfono móvil, le robaron el coche y la cartera; estas cosas son incontables. Una vez, borracho, lo confundieron con otra persona y lo golpearon casi hasta dejarlo medio muerto. Pero nada de eso le afectaba; seguía bebiendo igual.

Las dos cosas que más me marcaron, grabadas hasta los huesos

Lo que más me cuesta olvidar ocurrió dos veces. Una fue cuando le prendió fuego a su propia ropa y luego se quedó abajo llorando y gritando. La otra fue cuando, discutiendo con mi madre, se apuñaló a sí mismo. Esas imágenes han quedado grabadas en mi mente para siempre y se han convertido en todos los recuerdos de mi infancia.

Ese impacto es demasiado profundo, profundo hasta los huesos. Más tarde supe que muchas personas con trastorno de ansiedad o depresión también tienen adicción al alcohol, al tabaco o a las drogas. Yo misma, en momentos de ansiedad o depresión extremas, me obligo constantemente a hacer ciertas cosas, como fumarme dos paquetes de cigarrillos en una noche, o comer compulsivamente hasta vomitar. Creo que la situación de mi padre también puede deberse a un trastorno de ansiedad; hay algunos problemas psicológicos que ni él mismo percibe.

Aquella discusión: perdí el control y asusté a toda la familia

Una vez discutí con mi padre. Yo soy una persona que no puede alterarse demasiado; cuando me altero, me sobreviene un trastorno de pánico y pierdo el control por completo. Ese día estaba muy tranquila y, de repente, me convertí en otra persona: grité y lo recriminé con dureza por el impacto que su alcoholismo había tenido en mí, enumerando esos agravios que podrían convertirse en la sombra de toda una vida. En ese momento la situación se descontroló y asusté a toda la familia. Desde entonces, mi padre rara vez vuelve a emborracharse y hacer escenas; sigue bebiendo, pero un poco menos.

Después pensé que quizá también se debía a la forma de educar de mi abuelo y a la influencia de mi madre; con el tiempo, él también desarrolló un trastorno de ansiedad. Se divorciaron en 2008; a mí no me gustaba que estuvieran juntos, porque cuando estaban juntos siempre discutían. Después de separarse, y también teniendo en cuenta mi situación, la carga psicológica de mi padre pareció aliviarse. No estoy muy segura, pero siento que está un poco mejor que antes.

Aquella temporada ingresada en el hospital psiquiátrico me mostró otra posibilidad

Yo misma he estado hospitalizada en un hospital psiquiátrico para recibir tratamiento. Allí había sobre todo personas de mediana edad; algunos pacientes bebían y fumaban de forma muy grave, y luego se recuperaron bastante bien. En el hospital psiquiátrico está prohibido fumar y beber, y está prohibido llevar objetos punzantes que puedan usarse para autolesionarse; ni siquiera se permiten espejos de vidrio. Hay un horario diario fijo, con horas establecidas para el tratamiento y las clases, y las enfermeras supervisan la toma de la medicación. Según la enfermedad de cada paciente, los médicos dan diferentes soluciones.

Esa experiencia me hizo comprender que detrás de muchas adicciones al alcohol hay problemas psicológicos. Si las condiciones lo permiten, se puede considerar acudir a un hospital psiquiátrico para una evaluación. Pero la premisa es que la persona tenga voluntad propia, o que la familia pueda ir guiándola poco a poco. Si la resistencia es muy fuerte, hay que ir despacio y tener paciencia; no hay que decir demasiadas palabras de negación o desaprobación, porque eso hará que la persona se sienta más rechazada y más reacia. Hay que preocuparse más por él, entender si tiene algún sufrimiento interior o si padece alguna enfermedad física. No hace falta preguntar de forma demasiado directa; se puede hablar relajadamente de lo que a uno le ha pasado recientemente, o de las propias molestias internas, y preguntar cuando el momento sea oportuno.

Ahora, al recordarlo, lo más valioso que he aprendido es a protegerme a mí misma. Después de aquella pérdida de control, me di cuenta de que mis propias emociones también necesitan ser tenidas en cuenta. El cambio de mi padre quizá no se debió a que lo insultara, sino a que vio mi dolor y vio que esta familia no podía seguir así. No puedo predecir cómo será su futuro, pero al menos ya no soy la niña que solo se escondía en su habitación a llorar.

Si tú también estás pasando por algo parecido, puedes consultar el contenido sobre apoyo familiar, o hacer primero un autotest para conocer la situación de tu familiar. Cada paso es difícil, pero ve poco a poco; siempre habrá cambios.

Los hijos de familias con alcoholismo, al crecer, deben aprender primero a protegerse a sí mismos.

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Mi padre empeora con su adicción al alcohol, ¿debería llevarlo a un hospital psiquiátrico?

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