
Este es un relato de experiencias que ha sido anonimizado, sometido a evaluación de riesgos y revisado lingüísticamente; no se conservan en el texto la identidad del autor original, su ubicación geográfica ni detalles identificables.
Llegué a creer que el alcoholismo era un pecado enorme
Muchos familiares, incluida yo misma, llegamos a creer que el alcoholismo era una irresponsabilidad extrema hacia la familia, un pecado enorme, algo imperdonable. Cada vez que veía a mi padre llegar a casa borracho, o descubría que había escondido alcohol en algún rincón, lo único que sentía era ira y decepción. Creía que lo hacía a propósito para dañar a la familia, para avergonzarnos. Incluso pensé: si de verdad le importamos, ¿por qué no puede dejarlo? Esa idea duró muchos años, hasta que todo cambió en agosto de este año.
El agosto en que él se fue, yo aún no había cumplido 20 años
Mi padre me dejó para siempre el 5 de agosto. Por una infusión mal administrada en el hospital, y también por su alcoholismo. Si no hubiera bebido, no habría enfermado, no habría ido al hospital y no habría ocurrido este accidente. Ese año, yo aún no había cumplido 20 años, y él ni siquiera había llegado a gastar ni un céntimo del dinero que yo hubiera ganado. Por primera vez entendí lo difícil que es aceptar aquello de que "los hijos quieren cuidar a sus padres, pero los padres ya no están". Esa sensación no es una simple tristeza, sino una profunda pena y un autorreproche, como una piedra que te aplasta el pecho y no te deja respirar.
En realidad, era una persona extraordinariamente cálida
En mis 20 años de recuerdos, mi padre era una persona extraordinariamente cálida. Desde pequeña, me daba todo lo que le pedía; era capaz de recorrer toda la ciudad para comprarme algo que yo quisiera comer. Cuando me veía jugando con el ordenador, de vez en cuando venía a llenarme el vaso de agua que había quedado vacío sobre la mesa. Esos detalles, antes los daba por sentado; ahora, al recordarlos, me doy cuenta de cuánto me quería con todo su corazón. Pero, hasta entonces, nunca lo había perdonado, por su alcoholismo. Aunque su alcoholismo empezó a raíz del trauma que le causó la muerte de mi hermana mayor por un tumor cerebral. Después de que ella se fuera, parecía otra persona; empezó a adormecerse con el alcohol, y yo solo veía su cambio, pero ignoraba el dolor que llevaba dentro.
Esconder alcohol, caídas, discusiones: la rutina familiar de aquellos años
En el armario, en la mesilla de noche, en el maletero de la moto eléctrica, incluso en el cajón de su mesa de trabajo: por todas partes escondía alcohol. Una vez, bebió en el trabajo y se cayó en una alcantarilla; un transeúnte de buen corazón lo rescató, y gracias a eso pudo llegar vivo a este año. Se quedó dormido borracho a la entrada de la comunidad, y mi madre y yo tuvimos que cargar con él hasta casa. Cada discusión entre mis padres era por el alcohol. Esas escenas fueron casi el telón de fondo de mi infancia. Pero, curiosamente, en comparación con la mayoría de las personas dependientes del alcohol, la reacción de mi padre tras beber era de las que uno podía aceptar a regañadientes: no pegaba, no gritaba. Incluso borracho, seguía mostrando gestos de quererme mucho. Una vez, borracho, trajo una manzana de su trabajo y dijo que estaba tan rica que no había querido comérsela, y, tambaleándose, me la dio a mí. La manzana ya estaba toda magullada, pero ahora, al recordarlo, creo que esa era su manera de expresar amor.
Después de que se fuera, recordé aquella frase
En el mes que siguió a su partida, pensé mucho. De repente recordé que mi padre, una vez borracho, me dijo: "¿Crees que quiero beber? Es que no puedo evitarlo". En ese momento solo pensé que buscaba excusas; ahora entiendo que quizá lo juzgué mal durante tantos años. Entonces empecé a investigar muy en serio el trastorno por dependencia del alcohol. Me di cuenta de que el alcoholismo nunca ha sido una cuestión de fuerza de voluntad; mi padre simplemente estaba enfermo, muy enfermo. Cuánto habrá sufrido: nadie lo entendió, nadie intentó comprenderlo; solo recibió reproches e insatisfacción, y nunca una palabra de consuelo o comprensión. Como hermanos, solemos juzgar desde un pedestal moral y olvidamos indagar en las causas que hay detrás.
Si lo quieres, llévalo al médico
Si quieres a tu padre, si esperas que salga del pozo del alcoholismo y tenga una vida con más calidad, no lo reproches ni te llenes solo de ira. Llévalo a un especialista en deshabituación alcohólica, acompáñalo a las reuniones de Alcohólicos Anónimos, y confía en que te quiere: como padre, te quiere profundamente. Escribo esto con la esperanza de que los hijos que lean este artículo puedan inspirarse, no juzguen mal a su padre y no se limiten a reprochar hasta repetir mi mismo error. Si estás pasando por una situación parecida, puedes consultar los recursos de apoyo familiar, o leer las historias de otras familias; quizá encuentres alguna orientación.
El alcoholismo no es un problema de fuerza de voluntad, es una enfermedad; comprender sirve más que reprochar.