El obrero de hierro en la obra, una vida empujada por el alcohol

Un trabajador de la construcción de acero, debido a su dependencia prolongada del alcohol, su cuerpo se derrumbó y se vio obligado a dejar la obra donde ganaba más de diez mil al mes. Ahora solo puede hacer trabajos de carga y descarga, ganando seis mil al mes. Esta no es una historia de arrepentimiento y redención, sino la impotencia de un trabajador de clase baja derrotado tanto por la vida como por el alcohol.

El obrero de hierro en la obra, una vida empujada por el alcohol

Este es un relato de experiencias que ha sido anonimizado, sometido a evaluación de riesgos y revisado lingüísticamente; no se conservan en el texto la identidad del autor original, su ubicación geográfica ni detalles identificables.

Ese encofrador que solía decir que la vida no es más que eso, ahora ya no puede beber

Él fue uno de los encofradores con la técnica más sólida de la obra. Cargaba barras de acero, las ataba y soldaba; trabajaba rápido y bien. En la obra de la bahía de Hangzhou, ganaba más de diez mil al mes, y si contrataba trabajo por su cuenta, el salario era aún mayor. Sus compañeros decían que el acero en sus manos no era hierro, sino vida, dinero y la esperanza de toda su familia.

Pero ahora ya no puede volver a esa obra. El alcohol y su cuerpo ya no le permiten hacer ese trabajo. Tuvo que retirarse a regañadientes, diciendo: "La vida no es más que eso".

El médico ya le había advertido, pero solo el vaso podía contener la amargura de su corazón

El médico ya le había dicho que, si seguía bebiendo, su cuerpo acabaría derrumbándose tarde o temprano. Pero en aquel entonces, solo el vaso podía contener los cientos de kilos de amargura que llevaba dentro. En la obra, de día eran acero y hormigón; de noche, soledad y cansancio. Estaba solo, en tierra extraña, sin familia, sin amigos; solo el alcohol le permitía olvidar temporalmente esas cosas que lo ahogaban.

No es que no supiera que beber daña la salud. Pero la amargura en su corazón era demasiado pesada, tan pesada que solo el alcohol podía darle un alivio temporal. Pensaba que, mientras no retrasara el trabajo, beber un poco no importaba. Pero el cuerpo no engaña; se fue deteriorando poco a poco.

Lo más difícil es no saber cuándo ocurrirá la próxima vez

Hasta que una vez, tras emborracharse, estuvo a punto de retrasar el trabajo. Él mismo se asustó: el oficio de encofrador no admite ni la más mínima negligencia; el acero en sus manos era vida, no un juego. Finalmente tomó la decisión y abandonó ese campo de batalla donde había derramado sudor, y también esa obra donde había derramado lágrimas.

Se vio obligado a dejar la obra, no porque no quisiera trabajar, sino porque de verdad ya no podía. Apenas le quedaban fuerzas ni para coger una llave inglesa. Los hombros que antes podían cargar cien kilos de acero, ahora necesitaban descansar un buen rato después de mover unas pocas cajas. Solo podía ganarse el pan subiendo y bajando mercancías, con un sueldo de poco más de seis mil al mes.

Las emociones que antes adormecía con alcohol, ahora tenía que soportarlas él solo. Decía que, bueno, al menos ya no tenía que llorar frente al vaso en la madrugada, ni temer que sus manos temblaran por el efecto del alcohol y no pudieran sujetar la llave inglesa.

No es que no quisiera ganar diez mil, es que de verdad no podía

Decía que, con tal de que el salario fuera alto, no le importaba el esfuerzo. No es que no quisiera ganar diez mil, no es que de verdad quisiera dejar la obra. Pero su cuerpo ya no se lo permitía. El alcohol le fue arrebatando las fuerzas poco a poco y devorando su salud. Solo le quedaba aceptar la realidad y dedicarse a un trabajo más liviano, pero peor pagado.

Parecía haber cambiado, y a la vez no. Lo que no cambió fue esa huella de adversidad que no podía ocultar en sus ojos; lo que cambió fue que la vida, al fin, lo obligó a dejar el vaso.

Esta no es una historia de arrepentimiento y redención

Esta no es la historia de una persona dependiente del alcohol que se arrepiente y se redime; es la impotencia de un trabajador de base, derrotado a la vez por la vida y por el alcohol. No hizo nada mal; solo que la amargura en su corazón era demasiado, demasiado pesada. Su vida podría escribirse muy, muy larga... renacer de las cenizas, para que la historia empiece de nuevo. Pero él es él, él de verdad, una persona dependiente del alcohol.

En la obra, ya no se verá su figura cargando barras de acero. Antes hacía muy bien su trabajo; es solo este vino, este alcohol, ya sabes.

Ahora, cada día carga y descarga mercancías, seis mil y pico al mes. Dice que, bueno, al menos ya no tiene que temer que sus manos tiemblen y no puedan sujetar la llave inglesa. Pero aquellos días de llorar frente al vaso en la madrugada, aquellas emociones adormecidas por el alcohol, ahora tiene que soportarlas él solo.

Si tú o alguien de tu entorno está pasando por una situación similar, puedes consultar estos recursos de apoyo inmediato, o informarte sobre cómo pueden ayudar los familiares.

La dependencia del alcohol no es un problema de fuerza de voluntad, sino el resultado de la doble presión del cuerpo y de la vida.

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Solo cuando él cayó, supe lo que era el miedo.

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