
El autor solía entender el consumo de alcohol como un hábito, una vía de escape del estrés o parte de la vida social. Con el tiempo, la frecuencia y la cantidad de consumo aumentaron, y el malestar al no beber se volvió cada vez más difícil de ignorar.
Escribió que lo más difícil de admitir no era que el cuerpo ya estuviera afectado, sino que "quizás ya no pueda beber con la misma libertad que los demás". Esta negación hizo que la búsqueda de ayuda se retrasara una y otra vez.
La experiencia recuerda a los pacientes y a sus familias: si tras reducir repentinamente el consumo de alcohol aparecen molestias evidentes, no se debe aguantar por cuenta propia. Primero hay que conocer los riesgos de la abstinencia y el apoyo profesional disponible, y luego tomar la siguiente decisión.
Primero evalúe la seguridad de la abstinencia
La dependencia no es falta de fuerza de voluntad; cuando aparecen síntomas de abstinencia o riesgos físicos, primero se debe obtener una evaluación profesional.